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El horno, la plancha, el termo, el hervidor o la lavadora tienen algo en común: todos calientan con una resistencia, y además, son los aparatos que más potencia piden de toda la casa. Por lo que, ahí reside casi todo el margen de ahorro doméstico, pero no es donde suele buscarse.
La resistencia eléctrica es la dificultad que encuentra la corriente para atravesar un material, la cual se mide en ohmios.
Para entenderlo mejor podemos decir que funciona como una tubería estrecha, cuanto más estrecha sea, menos agua pasa y más roce hay. Con la electricidad ocurre lo mismo, y ese roce genera calor.
En un cable ese calor es una pérdida que hay que evitar. En una tostadora, un radiador o un termo es justo lo que se busca, y por eso la pieza que produce el calor se llama directamente resistencia.
Es común confundir en la factura de la luz, tres de las unidades más habituales para medir la energía, como el ohmio, el vatio y el kilovatio. El ohmio mide la resistencia, el vatio mide la potencia del aparato y el kilovatio hora mide la energía, siendo esta última lo que se paga en la factura.
En un enchufe doméstico la tensión ya viene predeterminada en 230 voltios. Con la tensión fija, la potencia de una resistencia sale de dividir el cuadrado de la tensión entre sus ohmios.
Con esa cuenta, una resistencia de 20 ohmios desarrolla unos 2.600 vatios y una de 50 ohmios se queda en poco más de 1.000. A más ohmios, menos corriente pasa y menos calor se produce. Por eso las resistencias de un termo o un horno tienen pocos ohmios.
La llevan los aparatos cuyo trabajo consiste en calentar algo.
El frigorífico despista: no tiene resistencia para enfriar, pero muchos modelos llevan una pequeña resistencia de desescarche que deshace el hielo a intervalos.

Una resistencia convierte en calor casi toda la electricidad que recibe, así que no existen resistencias más eficientes que otras: cambiar una por otra idéntica no baja la factura.
El margen está en otras tres cosas:
Los tres factores se ven juntos en un solo aparato, que además es el que más dudas genera de toda la casa.
En el termo, esos tres factores se traducen en tres decisiones concretas: a qué temperatura lo tienes, en qué estado está la resistencia y a qué hora calienta. El IDAE lo mide por separado dentro del servicio de agua caliente sanitaria en su estudio del consumo del sector residencial1. Si tu agua caliente viene de un calentador de gas, nada de esto te afecta: calienta el agua al paso y no lleva resistencia ni depósito.
El termostato no cambia la potencia de la resistencia: cambia hasta qué temperatura calienta y cada cuánto vuelve a arrancar. Cuanto más alta sea, más se pierde por el aislamiento del depósito mientras nadie usa el agua.
Frente a eso hay un criterio sanitario. El real decreto que regula la prevención de la legionelosis exige, en las instalaciones que entran en su ámbito, una temperatura mínima de 60 grados en el agua almacenada en los acumuladores2. Y ese mismo real decreto deja fuera de su ámbito de aplicación las instalaciones ubicadas en edificios dedicados al uso exclusivo de vivienda, siempre que no afecten al ambiente exterior del edificio2.
En un piso, por tanto, los 60 grados no son una obligación legal, pero son la referencia que fija la norma allí donde el riesgo sí está regulado. Bajar el termostato reduce las pérdidas del depósito y subirlo se acerca a ese criterio.
La cal se deposita sobre la resistencia y forma una capa que aísla: el calor tarda más en llegar al agua y la pieza trabaja más caliente de lo que le corresponde, que es lo que acaba quemándola.
La cal no aumenta la potencia del aparato: aumenta el tiempo que tarda y acorta la vida de la resistencia. En las resistencias envainadas, la pieza está en contacto directo con el agua. En las cerámicas, también llamadas secas, va dentro de una vaina y no toca el agua, así que la cal no se le adhiere.
Un termo no calienta cuando abres el grifo, sino cuando el agua del depósito baja de la temperatura fijada. El momento del día en que consume se puede desplazar con un programador. Programarlo no reduce los kilovatios hora, cambia la hora a la que se gastan, que con una tarifa por tramos horarios no es lo mismo. Lo desarrollamos en dejar el termo encendido todo el día o ponerle un temporizador.
Gasta más en cada minuto, pero puede tardar menos en hacer el mismo trabajo. Lo que se paga es la potencia multiplicada por el tiempo.
Sobre todo hace que tarde más en calentar y que la resistencia se queme antes. La potencia del aparato no cambia.
Reduce las pérdidas del depósito, pero la norma de prevención de la legionelosis fija 60 grados en los acumuladores de las instalaciones que regula, y excluye de su ámbito las de los edificios de vivienda2.
2. Real Decreto 487/2022, de 21 de junio, por el que se establecen los requisitos sanitarios para la prevención y el control de la legionelosis. Boletín Oficial del Estado, 148, de 22 de junio de 2022.