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Una Passive House , o casa pasiva, es una vivienda que cumple unos criterios de consumo y de hermeticidad fijados por el Passive House Institute, el organismo alemán que creó el estándar. No es un estilo de construcción ni un material: es un resultado medible, que se calcula sobre plano y se comprueba con una prueba en la obra terminada. Es además una certificación voluntaria, distinta del mínimo que exige la normativa española de edificación2.
El estándar se apoya en cinco principios constructivos1:
Los dos últimos van juntos y resuelven la duda más repetida: una casa hermética no es una casa sin ventilar, es una casa donde el aire entra por donde se ha decidido.
Para certificar, esos principios tienen que traducirse en cifras3:
A partir de ahí hay tres clases, que dependen de la energía primaria renovable que el edificio demanda y de la que genera: Classic hasta 60 kWh por metro cuadrado y año, Plus hasta 45 con una generación mínima de 60, y Premium hasta 30 con una generación mínima de 1203. Las tres comparten los mismos requisitos de envolvente1: un Premium no aísla mejor que un Classic, genera más energía.
El cálculo lo revisa un certificador acreditado y, al terminar la obra, se hace la prueba de hermeticidad y una inspección final. El certificado solo se emite si se cumplen todos los criterios, sin excepciones1. En el cálculo de verano entran además la protección solar y la ventilación nocturna, que son las herramientas de la climatización pasiva de toda la vida.

El estándar fija resultados, no materiales. Una casa pasiva puede ser de madera, de hormigón, de ladrillo o prefabricada, y todas pueden certificarse. Lo que cambia entre unas y otras es cómo se resuelven los puentes térmicos y por dónde pasa la capa hermética.
La madera conduce el calor bastante peor que el hormigón o el acero, así que el material ya juega a favor del aislamiento. Y la construcción por entramado permite alojar grandes espesores de aislante dentro de la propia estructura.
Es además un material renovable, con una huella de fabricación menor que la del cemento. A cambio pesa poco, y lo que pesa poco acumula poco calor: en climas de verano duro, una casa de madera depende más de la sombra y de la ventilación nocturna para no calentarse.
El hormigón aporta lo contrario: masa. Absorbe calor durante el día y lo devuelve despacio, que es lo que se llama inercia térmica, y suaviza las oscilaciones de temperatura donde hay mucha diferencia entre el día y la noche.
La prefabricación añade control: los encuentros se resuelven en fábrica y eso se nota en la prueba de hermeticidad. El aislamiento tiene que ir por el exterior y sin interrupciones, porque un muro de hormigón mal envuelto es un puente térmico continuo. Y la inercia solo trabaja a favor si por la noche se ventila; si no, el calor acumulado se queda dentro.
Una vivienda de una sola planta se lo pone más fácil al constructor en los puntos donde se pierden las certificaciones. Sin forjados intermedios ni escalera hay menos encuentros donde pueda aparecer un puente térmico, la capa hermética recorre la casa sin subir ni rodear huecos, y los conductos de ventilación son más cortos.
A eso se suma lo que no es energético: más accesible y más fácil de mantener. Conviene saber que, a igual superficie útil, una casa de una planta tiene más envolvente expuesta que una de dos, porque reparte los mismos metros cuadrados sobre más cubierta y más fachada. Eso no impide certificarla: obliga a compensarlo con más aislamiento o mejores ventanas.
No existe un precio por metro cuadrado que sirva de referencia. El sobrecoste frente a una casa convencional depende de la forma del edificio, de la zona climática, del nivel de las ventanas y del equipo de ventilación que pida el cálculo, y a eso se suman los honorarios del certificador.
El instituto defiende que esa inversión inicial algo mayor se recupera con el ahorro energético a lo largo de la vida del edificio1. Cuanto antes entre el certificador en el proyecto, más barato sale1, porque corregir sobre plano no cuesta lo que cuesta corregir sobre obra ejecutada.
Y queda el otro coste, el de usarla. El cálculo del estándar incluye el agua caliente y la electricidad doméstica1, así que una casa pasiva sigue teniendo factura: electrodomésticos, iluminación, agua caliente y el propio equipo de ventilación, que funciona todo el año. Por eso sigue importando a qué precio compras esa energía. Puedes revisar tu tarifa de luz, tu tarifa de gas o las tarifas de luz y gas conjuntas y compararlo con lo que pagas ahora.
Es una vivienda que cumple criterios medibles de demanda energética y de hermeticidad. La diferencia con una convencional no está en el aspecto, sino en una envolvente que aísla mucho más y en que el aire se renueva con ventilación controlada.
El estándar limita la demanda de calefacción a 15 kWh por metro cuadrado y año3, que es una fracción de lo que consume una vivienda antigua. Lo que eso supone en euros depende de la superficie, del clima y del precio de tu energía, así que la comparación útil es contra tu consumo actual, no contra una media.
Cumplir los cuatro criterios de demanda, hermeticidad y confort, justificarlos con el cálculo que revisa un certificador acreditado y superar la prueba de hermeticidad en la obra terminada. Para rehabilitar un edificio existente está el estándar EnerPHit, que afloja algunos valores.
Es un riesgo real en una casa muy aislada, y por eso el estándar lo mide: la temperatura no puede superar los 25 grados más del 10% de las horas del año3. Se controla con protección solar por fuera del cristal y con ventilación, no con más aislamiento.
Ninguno en particular: el estándar no impone materiales y se certifican casas de madera, de hormigón, de ladrillo y mixtas. La elección depende del clima, del presupuesto y del sistema constructivo del equipo que la levanta.
El estándar limita la demanda, no prohíbe los equipos: la mayoría llevan un sistema de apoyo mucho más pequeño que el de una vivienda convencional. La ventilación con recuperación de calor no cuenta como calefacción, porque su función es renovar el aire.