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La inducción consume menos que la vitrocerámica, pero bastante menos de lo que se suele decir. Los datos oficiales que los fabricantes están obligados a publicar sitúan la diferencia en torno al 15 %, lejos del 30 o 40 % que aparece en la mayoría de comparativas1. Donde la inducción gana de verdad es en tiempo: calienta antes, así que está encendida menos rato. Si cocinas poco, el cambio tardará años en pagarse solo.
Acerca un imán a la superficie apagada. Si se queda pegado, es vitrocerámica. Si no, es inducción, porque la inducción trabaja con un campo magnético y el cristal no responde al imán.
Hay tres señales más que lo confirman:
Y si quieres la confirmación por escrito, mira el manual. La norma europea obliga al fabricante a indicar la tecnología de calentamiento de cada zona, con tres opciones posibles: inducción, radiación o placa maciza1. Las dos últimas son vitrocerámica.

La diferencia está en dónde va el calor.
La vitrocerámica tiene resistencias debajo del cristal. Calientan el cristal, el cristal calienta la olla y la olla calienta la comida. En ese recorrido se pierde calor por los lados y por debajo, y al apagar queda una superficie caliente que ya no sirve para nada.
La inducción genera un campo magnético que calienta la base de la olla directamente. El cristal solo se templa por contacto. Menos recorrido, menos pérdidas y nada de calor sobrante al terminar.
Aquí conviene aclarar algo, porque en internet se mezclan tres cosas distintas: los kW son la potencia que puede llegar a pedir la placa, los kWh son la energía que acaba gastando, y el porcentaje de eficiencia es cuánto de esa energía llega a la comida.
La norma europea usa una cuarta medida, y es la única que permite comparar dos placas de verdad: los vatios-hora que necesita para calentar un kilo de agua, escrito como Wh/kg1. Aparece en el manual y en la web del fabricante, que está obligado a publicarlo.
Dos referencias para situarte:
Eso deja todo el mercado legal en una horquilla de unos 26 Wh/kg, es decir, un 15 % entre la placa más eficiente y la menos eficiente que se puede vender. La diferencia real entre tecnologías queda por debajo de esa cifra.
Un aviso más: las placas de cocina no llevan etiqueta energética. El etiquetado europeo con las letras de colores solo cubre hornos y campanas extractoras2, así que si una comparativa te remite a la etiqueta de la placa, está señalando algo que no existe.
Conviene hacer el cálculo con números concretos, porque es lo que aclara la duda.
Una placa de 190 Wh/kg necesita 190 vatios-hora para calentar un kilo de agua. Otra de 165 necesita 165. La diferencia por kilo son 25 vatios-hora, una cantidad mínima.
La cifra cambia al multiplicarla por el uso real. Si en tu casa se calienta un kilo y medio de agua al día entre el café, la pasta y las verduras, son unos 550 kilos al año. La diferencia acumulada ronda los 14 kWh anuales, que a los precios habituales de la luz son unos dos o tres euros al año.
Ese es el ahorro que sale de la eficiencia pura. Y explica por qué mucha gente cambia de placa esperando notarlo en la factura y no lo nota.
Lo que sí se nota es el tiempo. Un litro de agua hierve en la mitad de tiempo en inducción, así que la placa está encendida la mitad. Ahí el ahorro es real y se suma al anterior, pero depende por completo de cuánto cocines: en una casa donde se cocina todos los días para cuatro, compensa; en una donde se calienta la cena tres veces por semana, no.
Si quieres ver qué parte de tu gasto viene de la cocina, puedes leer el contador digital y comparar el consumo de un día que cocines con uno que no.
El tiempo. Es su ventaja principal y la que se nota a diario. Calienta en segundos y responde al instante cuando bajas la potencia, algo que la vitrocerámica hace con retraso.
La seguridad. Solo calienta donde hay un recipiente compatible. Si no hay olla, no hay calor, así que apoyar la mano o un trapo no quema. Y no queda una superficie ardiendo diez minutos después de apagar.
La limpieza. Como el cristal no se pone al rojo, lo que se derrama no se carboniza. Se limpia con un paño en frío.
El control fino. Permite mantener una temperatura baja y estable, algo que en vitrocerámica es difícil porque el cristal acumula calor y sigue calentando cuando ya no quieres.
Si el limitador viene mal configurado, puede saltar el interruptor al usar varias zonas a la vez. No es un problema grave y se corrige en el menú de la propia placa, pero conviene revisarlo el día de la instalación y comprobar de paso el estado del cuadro eléctrico de tu casa.
No. Solo las que atraen a un imán en la base. Suelen llevar un símbolo de espiral o la palabra "inducción" marcada en el fondo.
Casi siempre sí, pero hay que revisar la toma de corriente y el circuito, porque el de cocina está previsto para 25 amperios3. Que lo compruebe un instalador autorizado.
El manual de cada placa indica la distancia mínima que hay que mantener. Consúltalo con tu cardiólogo antes de instalar una de inducción.
Las dos por igual. El cristal es del mismo tipo y aguanta lo mismo.
Ninguna de las dos. Las dos son eléctricas y sin corriente no calientan.
1. Reglamento (UE) nº 66/2014 de la Comisión, de 14 de enero de 2014, por el que se aplica la Directiva 2009/125/CE en lo relativo a los requisitos de diseño ecológico aplicables a los hornos, las placas de cocina y las campanas extractoras de uso doméstico. Diario Oficial de la Unión Europea, 29, de 31 de enero de 2014.
2. Reglamento Delegado (UE) nº 65/2014 de la Comisión, de 1 de octubre de 2013, en relación con el etiquetado energético de los hornos y campanas extractoras de uso doméstico. Diario Oficial de la Unión Europea, 29, de 31 de enero de 2014.
3. Real Decreto 842/2002, de 2 de agosto, por el que se aprueba el Reglamento electrotécnico para baja tensión. Boletín Oficial del Estado, 224, de 18 de septiembre de 2002.